LA ÉTICA NOS HACE HUMANOS
Por Euler Ricardo Arévalo Villarreal1
«La
esencia de la razón no consiste en asegurar al hombre
un
fundamento y poderes, sino en cuestionarlo y en
invitarlo
a la justicia»
Emmanuel
Lévinas
Hablamos de ética, hablamos de comportamientos
humanos, hablamos de «el buen comportamiento» o «la acción
correcta», por lo tanto, hablamos de sociedad. ¿Qué guía los
comportamientos humanos? El hombre, complejo y caótico, encuentra para sí leyes que, si bien no están en
el papel, hacen parte de la sociedad en general y todos las obedecen. ¿Son acaso leyes morales? ¿Quién las instauró? Según la
historia lo primero que se escribió fueron leyes, hablo del
código Hammurabi en la antigua babilonia; pero, para que esas leyes
sean escritas —y por lo tanto legales— tuvo que existir un modelo
ético que las antecedió, hubo una forma cuando el mundo
parió civilización, que dictaminó un pacto entre las gentes para
establecer su conducta (entre las personas, entre sus gobernantes y
entre diferentes pueblos). Pero en este ensayo dejamos atrás la
ley escrita y nos preguntamos por lo intangible de ella, la moral que
la sustenta.
Así, siguiendo a Cortina (1997: 41)
encontramos que «las palabras “ética” y “moral” en sus
respectivos orígenes […] significan prácticamente lo mismo:
carácter, costumbres. Por eso está sobradamente justificado que la
gente normal y corriente las utilice como sinónimos. Ambas
expresiones se refieren, a fin de cuentas, a un tipo de saber que nos
orienta para forjarnos un buen carácter, que nos permita enfrentar
la vida con altura humana
(la cursiva es mía)». No obstante, ya en el nivel
académico, existe una distinción crucial entre ética y moral en
cuanto a tipos de saber, uno de ellos «forma parte de la vida
cotidiana y ha estado presente en todas las personas y en todas las
sociedades (la moral), y el otro reflexiona sobre el [primero]
filosóficamente y, por lo tanto, nació al tiempo que la filosofía
(la ética o filosofía moral)» (Cortina, 1997: 42). Pero en
Colombia surge un conflicto entre moral y ética, debido a que la
moral es producto de la Iglesia católica y ésta, a su vez, es
producto del colonialismo español en Latinoamérica, colonialismo
altamente extractivista y esclavista como
es bien sabido.
En Colombia la religión es y ha sido una de las
instituciones de mayor trascendencia a la hora de fijar pautas
morales. Pautas, que para su época, ocuparon un papel primordial en
la organización social y la estructura económica, veamos el ejemplo
antioqueño:
«Los migrantes antioqueños provenían de grupos
que, a contrapelo del ethos aristocrático prevaleciente en la
colonia, no vivían parasitariamente del trabajo indígena o negro
sino que valoraban el esfuerzo personal. Además, la estricta
moral católica (la
cursiva es mía) operaba en ellos castigando el derroche y
premiando el orden, la responsabilidad y el ahorro.» (Castro-Gómez,
2008: 16)
Pero estas pautas, al fin y al cabo, son
utilitarias. La «estricta moral católica», base de nuestros
hogares y nuestra formación familiar, no es una ética por y para la
humanidad. Si entendemos que el ser humano es un fin en sí mismo
y no un mero instrumento, y que, por tanto, no es bueno todo aquello
que nos es útil, el prisma con que hemos sido «educados» cambia.
Eso quiere decir que tanto el habitante de calle como el banquero son
dignos, aunque el segundo sea más «útil» al capital y el primero
sea víctima del mismo. Pero en la vida cotidiana, esa que desanda
las calles blancas de esta ciudad, la moral no funciona así; basta
con mirar con que agrado y reverencia tratan a quien luce corbata y
con qué desprecio al mal vestido, aunque, ambos son dignos por ser
humanos y racionales. Pero Kant nos puede aclarar esto mucho mejor:
«En el reino de los fines todo tiene o un precio
o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido
por algo equivalente, en cambio, lo que se halla por encima de
todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una
dignidad.
Lo que se refiere a las inclinaciones y
necesidades del hombre tiene un precio comercial, lo que, sin
suponer una necesidad, se conforma a cierto gusto, es decir, a una
satisfacción producida por el simple juego, sin fin alguno, de
nuestras facultades, tiene un precio de afecto; pero aquello
que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso
no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor interno,
esto es dignidad. La moralidad es la condición bajo la cual
un ser racional puede ser fin e sí mismo» (Kant,
1986).
La pregunta es: ¿Cómo vamos a sacar de la mente
de nuestros padres esa moral tan familiar a la violencia y al
castigo, y en su lugar poner una ética humana que invite a salir a
la calle y comprometerse? Porque aquella moral —de cuño católico— si que ha servido para crear novelas, enarbolar banderas y reprimir sexualidades; pero no para comprender la diversidad y complejidad humanas. Se necesitarán nuevos hombres, dirá Nietzsche, que no les de miedo manifestar: «No puedo ser feliz si el
otro es infeliz».
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS:
— Castro-Gómez,
Santiago. 2008. Genealogías
de la colombianidad. Bogotá D.C. :
Universidad Javeriana, 2008.
— Cortina,
Adela. 1998. El mundo de los valores. «Ética mínima» y
educación. Madrid : El Búho, 1998.
— Kant,
Immanuel. 1986. Grundlegung zur Metaphysik der Sitten
(Fundamentación de la metafísica de las costumbres). Riga:
Taschenbuch, 1986.
1 Euler
Ricardo Arévalo Villarreal, estudiante, Departamento de Ciencia
Política, Universidad del Cauca.
